Había una vez un animal llamado Juum, era un animal blanducho que se guiaba más por los sentimientos humanitarios que por la razón, qué asco. Juum siempre tendía a proteger a las criaturitas del bosque, aunque era una lástima que Juum no conociera nada de taxonomía ni de sistemática, así que no podía diferenciar entre un cervatillo con los ojitos grandes y húmedos al estilo Walt Disney y una hormiga roja cabezona repleta de ácido fórmico. Como les decía, Juum era demasiado blanducho, parecía de plastilina.
En el bosque había una Conciencia. Esta Conciencia siempre le decía a Juum: "Juum, déjate de blanducherías. Hay muchos animales en el bosque oscuro que son demasiado animales como para pensar como animales." Pero Juum no hacía caso.
Un día cundió la alarma en el bosque y todos los animalitos se escondieron, incluyendo al propio Juum. Era el Castigador, un bicho malo, cargado de armas filosas e instrumentos de tortura, un ser psicópata que se divertía poniendo pollitos amarrados sobre los nidos de las hormigas. En el bosque había un animalito verdaderamente animal, el bichito se llamaba Jiim, y se dedicaba todo el día a pararse en el lomo de los otros animales del bosque y chillarle en los oídos. Como dije, Jiim era verdaderamente animal y como un bobo provocó al Castigador cuando éste le echaba sal a las tripas de una lagartija verde. El Castigador sonrió complacido al ver al pobre de Jiim, y lanzó una de sus más preciadas trampas que consistía en un cepo hidráulico con rociadores de ácido nítrico. El pobre Jiim cayó en la trampa y pasó varias horas de dolor mientras el castigador se divertía lijándole la lengua con una piedra. Cuando se fue el Castigador, todos los animalitos del bosque salieron de sus escondites, pero no ayudaron a Jiim pues conocían su reprobable conducta. Pero Juum fue corriendo y liberó a Jiim, desoyendo el angustiado llamado de la Conciencia del bosque.
Pocos días después, el Castigador volvió al bosque y atrapó a Juum, lo torturó hasta el cansancio y se alejó luego cantando una canción de navidad. Juum llamó acongojado, pidiendo ayuda, y antes de que nadie pudiera socorrerlo, Jiim llegó volando y se posó en el amplio lomo de Juum y comenzó a chillarle en los oídos. Juum al igual que en El Don de Soñar, no supo si reir o llorar, y finalmente lloró.
Fuente: La Gaceta Interna de UBIK. Julio, 1991. Año II. Número 14.