Del Diario de K'harti II

 

por Yván Ricardo Ecarri

 

»Sí, el templo. ¡Cuán diferente era el templo de aquella casa sencilla y sin embargo tan hermosa! El santuario, enjoyado con su recargada arquitectura y sus paredes y techos llenos de imágenes más bien figurativas... Era un buen lugar, sin dudas, pero por encima de todo, yo amaba aquella casa, con sus jardines de rosas, con su orden solemne y quieto y con su majestuosa paz. Todo en aquella casa era santo. La misma casa era la expresión arquitectónica de la santidad, y esa santidad era el Maestro.

 

»Sus ojos eran azules y su tez alta. Su sonrisa sobria y tranquilizadora y su mirada era un fuego penetrante y a la vez infinitamente compasivo.

 

»Le conocí esa mañana. La mar finalmente había calmado su furia y el amanecer nos trajo a todos la confortante visión de la costa. Pensamos que tal vez se trataría de alguna de las pequeñas islas al sur de Mah'txis, pero pronto saldríamos de nuestra equivocación.

 

»Desembarcamos. Aliffán primero, luego algunos de la tripulación y finalmente los Hermanos. El barco estaba dañado, no seriamente, pero si, con seguridad, habríamos de pasar algunos días antes de emprender un prudente retorno hacia Pavana. Ya otro barco nos conduciría a Danae y al encuentro con un pueblo pobre y falto de creencias.

 

»Al menos eso pensaba al desembarcar, pues, tentado por un innato espíritu de aventuras, me encaminé por un sendero limpio y de arenilla muy blanca que bordeaba un riachuelo que desembocaba cerca del lugar donde atracamos.»Grandes sorpresas me depararía sin duda ese camino y el riachuelo, pues apenas adentrado en la costa, siguiendo una suave ladera, avisté un espléndido pozo de aguas cristalinas y no pude contener el deseo de darme una fresca zambullida.

 

»Desvestíme la túnica, y una vez la hube colocado en alto, cuidando de no ensuciarla, corrí hacia el arroyo y me lancé a sus cristalinas aguas. ¡Oh delicia! Me sumergí hasta el fondo pudiendo admirar la blancura de la arena y de las piedras. Luego bebí copiosamente mientras observaba unas extrañas flores que allá y acullá crecían estirando sus tallos desde el ras del agua, donde suculentas hojas mantenían a flote la planta entera.

 

»Una vez hube terminado el baño, me embargó un intenso deseo de dormir, y tan pronto hube encontrado un lugar adecuado, me dormí profundamente.«

 

(30-10-1996)