Del Diario de K'harti V

 

por Yván Ricardo Ecarri

 

El camino de la montaña se extendía desde allí unos tres kilómetros antes de perderse en la fronda montañera, para reaparecer otro trecho más arriba y luego desaparecer. En poco más de veinte minutos hube recorrido el tramo de planicie correspondiente, y allí, donde la arbolada comenzaba a aparecerse como salpicaduras a lado y lado del camino, éste se empinaba mostrando ambos: los estragos de la escorrentía del agua de lluvia al bajar por la pendiente y un suelo pedregoso y reluciente.

 

Al poco caminar, percibí un aroma dulcemente apacible, al tiempo que tropecé con una aldeilla de unas cinco casas. Nadie salió a mi encuentro, sólo el silencio. Me acerqué a una de las casitas y atisbé con prudencia por una ventana. ¡Nada! Estaba vacía de habitantes. La mesa, sin embargo, decorosamente enmantelada y con un precioso buquet adornando su centro, mostraba el cuidado laborioso de una buena ama de casa. El hogar mostraba señas de haber admitido leños que, tal vez, habrían calentado un delicioso «sopage» para el desayuno.

 

Continué mi camino y allí, sólo al salir al despejado, pude ver dónde se encontraban los habitantes de la villeja: eran unos veinte muchachos, hombres y mujeres, que mientras yo fisgoneaba en sus recintos se habían mantenido impertérritamente laboriosos en su siembra, pues, en las laderas menos pendientes de la montaña habíanse ideado una suerte de terrazas en las que cultivaban las más bellas y preciosas flores de olyn.

 

-¡Salud!... -intimé. Los jóvenes detuvieron su labor y se quedaron mirándome-. ¡Salud! -Repetí- ¡Soy caminante de paz y os saludo, aldeanos! -dije mientras me aproximaba. Se miraron unos a otros y algunos comenzaron a hablarse en una lengua que no comprendí.- ¿Acaso alguien puede comprender mi lengua? -dije aproximándome más. Uno de los hombres asentó su herramienta de labranza con violencia en la tierra y me gritó algo que no comprendí. Di unos pasos más y el hombre volvió a gritarme apuntando con su mano hacia mi. Me miré de arriba a abajo, y, con cuidado, verifiqué que mi túnica y todo en ella estuviera modosamente ajustado y levanté mi mirada para acercarme un poco más. Varios de los hombres que estaban más lejos se acercaron como formando una barrera y otro de ellos colocó sus manos enfrente con las palmas abiertas dándome a entender que debía detenerme.

 

Yo mostré mis manos desarmadas y el hombre que me había detenido comenzó a acercárseme, reiterando el gesto y repitiéndome, en un tono firme aunque tranquilizador, una frase en su lengua. Al llegar a mi lado, me hizo entender que debía seguirlo.

 

Así, pues, seguí a aquel hombre joven y bien parecido a una pequeña cabaña, una más pequeña que las otras, a dónde entró dejándome en la puerta. Escuché que le hablaba a alguien, y luego la respuesta... se cruzaron palabras unos pocos instantes, luego de los cuales el hombre jóven salió y me invitó a pasar.

 

Dentro esperaba una figura cubierta hasta la cabeza por una gruesa veste de color sepia, de pie, junto a una mesilla, y una banqueta, y sobre la primera podían verse algunos pliegos de papel. ¡Dichoso lujo! pensé... recordando que el uso de papel en Divana se reserva para el Mayor y algunos de sus más cercanos colaboradores. El hombre de la toga sepia habló:

 

-Te saludo, viajero. Ten a bien decirme quién eres y qué buscas en estas quietas tierras.

 

-Soy K'Harti, hombre de Tuhm. He venido de Divana en una embarcación que la tormenta, la pasada noche, arrojó a vuestras costas.

 

El hombre rió.

 

-¿Anoche, dices? -Y volvió a reir-. ¡Véase, viajero, que anoche no hubo tormenta, ni la noche anterior, ni antes que esa por lo menos ocho! ¿Cómo dices que una tormenta arrojó tu barco a nuestras costas?

 

Me sentí un poco confundido. -De cierto, hombre -le dije- que anoche mismo nos aproximamos a esta tierra, y esta mañana desembarcamos: la tripulación, y, conmigo, varios sacerdotes del Templo de Tuhm en Divana. ¿Puede decirme, hombre, en qué tierras me encuentro?

 

-¿Qué tierras son éstas? Los lugareños llaman a esta tierra Shrotaphana, o Servan'txis. Esta no es una gran isla, como puede verse... ¡Pero viajero, mira que con certeza no han habido vientos desde hace más de una semana y el último barco fue visto hará hoy cosa de un mes! ¿Acaso tu barco sería una galera de velamen aperlado y seis pares de remos?

 

¡Mi barco! ¡Ese era mi barco! Estupefacto, no podía conciliar lo que este hombre me decía con mi tempranera experiencia: el paseo, la zambullida en el pozo y la breve siesta... O tal vez no... ¿Cuántos centenares de galeras con velamen aperlado y seis pares de remeros habrían tan sólo en Divana? ¿Y cuántos más en Mah'txis, Serial y las otras islas? Y sobretodo: ¿Qué extraña tierra era ésta Servan'txis, Tierra Secreta, de la que yo nada conocía? -Siéntese si lo desea, K'Harti -dijo el hombre mostrándome la banqueta junto a la mesita-. Le daré de beber.

 

El hombre se acercó al hogar, sobre el cual se balanceaba una olla de la que tomó con un cucharón un par de porciones que sirvió en sendos pocillos, uno de los cuales me extendió.

 

-Si ese fue su barco, amigo, temo dos cosas: que ha usted vagabundeado en estas tierras cerca de un mes, por una parte... y por la otra...- se interrumpió, tal vez buscando una manera sutil de continuar.

 

-¿Que se han marchado sin mi?... ¿Eso quiere decir? -El hombre asintió.

 

Sorbí la bebida, caliente, espesa y dulce, tratando de aclarar mis pensamientos.

 

(29-12-1996)