La Gran Responsabilidad

 

por César Lezama

 

Ser la única muchacha de su generación declarada Apta colocaba una gran responsabilidad sobre los hombros de Carla. Básicamente, en ella estaban cifradas las esperanzas para el futuro de la Gran Familia. Posiblemente nunca la dejarían salir en misiones como la que había costado la vida a su madre, Elizabeth. Era vital que permaneciera sana y salva, procreando la próxima generación de la Gran Familia.

 

Marjannah era otra Apta de edad similar a la suya (veinte años, seis más que Carla), pero al no estar establecida en Mariendam su posición era insegura. En ninguna otra parte, salvo en Mariendam, los miembros de la Familia estaban a salvo de los Tribunales Sinárquicos. Después de Carla, estaba la pequeña Ravenn, hija de Carcelen (ocho años); y la hija bebé de Marjannah, pero ninguna de ellas había sido calificada como Apta todavía.

 

Ravenn vivía en Mariendam junto a su madre. Carla compadecía a la niña. Carcelen era una mujer bastante temible, de férrea voluntad, perfeccionista y tan exigente con las otras personas como lo era con ella misma. Era quien se había encargado de la educación de Carla y su hermano cuando fueron traídos a Mariendam tras la muerte de su madre. Carla aún se sentía intimidada por la Arconte.

 

-Ya sé que puedes recitar las Tradiciones de memoria, Carla -había dicho Carcelen en una ocasión.- Eso no tiene importancia. Ahora respóndeme esta pregunta, niña: ¿Qué hay más allá de las Tradiciones?

 

-Nada hay más allá de las Tradiciones -recitó Carla en respuesta. Le había parecido una respuesta bastante segura, pero la mirada llameante que Carcelen le dirigió había delatado su error.

 

-¡Niña tonta! ¡No estás recitando los Dogmas del Rito de los Misterios! ¡No respondas sin pensar! Ahora, piénsalo mejor: ¿Qué hay más allá de las Tradiciones?

 

Carla había reflexionado furiosamente, buscando la respuesta que agradaría a Carcelen.

 

-No respondas por complacerme, tampoco -había insistido la Arconte.- Piensa. ¿De qué sirve el conocimiento si no puedes realizar sobre él un juicio crítico?

 

-Las Tradiciones son las Leyes fundamentales por las que se rige nuestra Familia, Arconte. No sé que puede haber más allá de ellas.

 

Carcelen asintió.

 

-Al menos ahora reconoces tu ignorancia. Estás reflexionando sobre lo que sabes. Veamos si puedo orientarte un poco: ¿Cuál es el objetivo de las Tradiciones? ¿Por qué fueron compiladas?

 

-Las Tradiciones se formularon para asegurar la supervivencia de nuestra Familia.

 

-¡Exacto! ¡Qué felicidad, la muchacha tiene algo dentro de esa cabeza después de todo! Continúa por ese camino: ¿Qué le falta a las Tradiciones?

 

Carla se esforzó por pensar realmente, olvidándose por el momento de la figura de Carcelen acechándola.

 

-¿Hay algún juicio moral en las Tradiciones? -insistió la mujer.

 

La muchacha la miró con sorpresa.

 

-Pues... realmente no- respondió-. Son sólo reglas, no incluyen ninguna definición de lo que está bien y lo que está mal... Salvo en el sentido de que debe estar bien seguirlas.

 

-Pero seguirlas no te conduce a nada muy importante -apuntó la Arconte.

 

-¡Mantiene a la Familia viva! Aunque, desde luego, surge la pregunta de por qué debemos mantener a la Familia.

-¡Bingo! ¡Ganas el premio mayor! Eso es lo que falta en las Tradiciones: una definición de la ética y objetivos de la Gran Familia.

 

-¿Y dónde se puede encontrar esa definición, Arconte? ¿Cuál *es* el objetivo de la Gran Familia?

 

-Por supuesto que no voy a decírtelo, niña perezosa. Además, suponiendo que lo hiciera, ¿por qué mi visión del objetivo de la Gran Familia debería ser igual a la tuya? ¿Sólo porque casualmente yo soy la Arconte de Mariendam?

 

Carla pensó sobre esto. Desde luego, la Quinta Tradición dictaba obediencia absoluta al Arconte. "Ni tu voz, ni tu mano, se alzarán contra el Señor mientras estés en su Dominio..." Pero, ¿acaso significaba esto que debías aceptar el juicio del Arconte siempre, y en todas las cosas?

 

-Le debes al Arconte algo más que tu obediencia y el trabajo de tus manos -replicó Carcelen.- Le debes tu juicio, el trabajo de tu intelecto. Ningún Arconte dura para siempre, Carla. El día llegará, quizás, en que tú ocupes mi puesto. O Ravenn. No importa. Debo educarlas para que sean capaces de aceptar las responsabilidades del cargo, no para que sigan a ciegas la autoridad de otra persona.

 

Carcelen señaló por la ventana, por la que era visible la Gran Catedral, el lugar de adoración para los ciudadanos distinguidos de Mariendam (incluyendo el Príncipe Regente y la propia Gran Familia).

 

-Tal vez en algún futuro, nuestros descendientes decidan aliar a la Gran Familia con esos vampiros sedientos de la Sinarquía. Si eso sucede, significará que nosotras no hicimos bien nuestro trabajo. La solución no está en establecer una prohibición y adoctrinarlos para que la sigan como autómatas, sino en formarlos para qué comprendan por qué ese curso de acción es nefasto.

 

Carcelen estaba todavía mirando por la ventana, dándole la espalda a Carla. La muchacha se levantó y fue hacia ella, y puso una mano sobre el hombro de la Arconte.

 

-Entiendo lo que me has dicho. No te decepcionaré, tía.

 

Carcelen sonrió, tomó la mano de Carla entre las suyas, y la besó.

 

-Lo sé, querida. Sé que no lo harás.

 

(04-11-1996)