La Meseta

 

por Jorge De Abreu

 

Al Planeta UBIK, donde te encuentres.

 

El viento golpeó con fiereza mi rostro apenas me volví a mirar, cambio que era bienvenido por mis ojos y mi mente. Descendí exultante, sobre el suelo enlosado; a lo lejos, al borde de la meseta se alzaban unos retorcidos ramajes de eucaria y pliocide, cuyas siluetas se recortaban borrosas tras el brillo de Nuna. Me volví: "¡Maestro! Nuna eucaria pliocide namam..."

 

Cierto, namam, aunque la lengua mal empleada puede ser como la espada en la ingle. Me desperezo en la cabina y veo la lejanía con aprensión. Tanto espacio abierto es un desperdicio de volumen. Namam Nuna. La forma de la luz. Sólo en los espacios se podía maravillar un chico con la cotidianidad de Nuna, perenne por la ventana, el ojillo pícaro del refugio que sazona de color la búsqueda. "Sí, muchacho, namam Nuna." Repetí en voz baja mientras me levantaba apoyado sobre el borde de la cabina. Acaricié su suavidad y la conforté con la fórmula acostumbrada, se agitó. "Anclala, Per, ánclala". Muchacho alocado, no puedo evitar sonreir.

 

-¿De paso? -me interrumpe un vigilante de Celayde. Desconfiado y rudo, mirando siempre por encima del hombro.

 

-Sí, de paso. Vituallas, herramientas. Estaremos poco tiempo.

 

-¿Tienen dónde quedarse? No quiero problemas, bastantes inconvenientes tengo con tanta, er... gente. Muévanse.

 

-Sí, no se preocupe. -desventaja de no ser autosuficientes. La necesidad de instrumentos e ingredientes sólo conduce a la incomodidad... Tener que lidiar con los brutos... con la dispensa de Pa Eniade. La búsqueda tiene sus desventajas.

 

Una vuelta más y ya. Qué descuido, y el Maestro lo había estado repitiendo durante todo el viaje, pero es que hay tantas cosas por ver. "Ya está, Maestro". ¡Oh, habla con un guardia! ¡Qué distinta se oye su voz! Rasposa, sin matices, descolorida. Me levanto y le doy dos palmaditas a la cabina. Golpeo con el pie un pedrusco que sale disparado contra la bota del guardia, ¡caramba!, vuelvo la vista y la fijo más allá de lo conocido. La losa del piso parece extenderse por toda la meseta, mas bien parece extenderse por toda la eternidad. Agrietada, opaca y sucia, cubre escalones y declives, rocas y secos lechos de quebradas. Se alarga hasta el borde mismo del horizonte y se precipita sin mezquindad, hasta el fondo de los mares. Qué extraño y maravilloso es todo esto, tanta ausencia de paredes, tanto exceso de espacio... tanta extrañeza de extender los brazos y no rozar materia alguna, extrañeza de girar como una peonza sin temer el menor tropiezo. Cálmate, Per. Respira hondo. Compórtate o el Maestro no te traerá más. Bueno, no es que él viaje demasiado, ni siquiera viaja poco, quizás viaja una que otra vez en la vida...Un silbido furioso, y arriba se desliza una enorme cabina rumbo al extremo opuesto de la meseta; ¡qué grande!, se detiene y oscila casi encima de los mares, y lentamente desciende sobre el suelo. Me vuelvo y recojo la mochila.

 

"Per, Per. No te confundas con tanta luz. Recuerda que las apariencias son sólo un envoltorio, hay que mirar dentro, hay que buscar... Vamos, a caminar, que aun hay que andar un buen trecho. Recuerda guardar silencio". No lo puedo culpar, quizás yo me comporté igual la primera vez. Aunque no lo recuerdo, la memoria es bondadosa conmigo. Si pudiera prescindir de estos viajes y dedicarle ese tiempo a mis queridos objetos... Aquí todo es tan burdo, tan grotesco. La animalidad que hiede hasta en las juntas de las losas, si ellas pudieran hablar y contarme sus leyendas, si ellas arrojaran luz en mi búsqueda; es esa luz la que deseo, no la de Nuna. "Por aquí, Per. Sígueme. Recuerda traer nuestras cosas".

 

Está pensando, seguro, siento ese familiar hormigueo en la nuca, como mil animalitos que se revuelcan entre mis cabellos, sobre mi piel. Tantas emociones agotan y confunden. Aquí todo es tan burdo, tan grotesco, y sin embargo siento la historia que penetra por mis poros y me grita voces ininteligibles, aúlla su conocimiento, se burla de la búsqueda. Lo sigo, desde hace mucho lo sigo, camino despacio, sin ánimo de atropellarlo, pues su mente está ensimismada en otros mundos. Extraño, supongo que será la costumbre, no maravillarse con tantos prodigios, la luz cegadora y los mares sombríos, plenos de ruidos, ululares, puntos confusos, agitación cinética. El tiempo te lo dirá, me había mencionado cuando susurraba preguntas, el tiempo sosiega y afina los sentidos... los verdaderos sentidos. Domina estas herramientas, conócelas y sumérgete en la búsqueda. Largo camino de losas agrietadas, sin trazo, sin principio ni final, sólo una presencia añeja que se despeña y desciende en los mares. Despacio, artrópodos y semillas resecas, oscilantes; despacio, huellas de pisadas, huellas de carruajes, huellas de monturas; despacio, el paso meditabundo de mi maestro y el mío, ansioso, pero contenido, sorbiendo percepciones tactiles de historias y leyendas. Despacio.

 

Per, si supieras. Si el conocimiento sólo se volcará como el agua de un cántaro a otro. Si pudiera decirte tantas cosas con palabras, pero las palabras son como el viento, inasibles, una vez dichas no se detienen jamás... La sabiduría te tomará con el tiempo, luego de un largo asedio, pedirá permiso y entrará en tu vida. Sólo puedo orientarte, señalarte el camino de la búsqueda. No, Per. No abras tanto tus ojos al espejismo de los grandes espacios, sombras de historia desdibujadas por Nuna. Per, recuerda la paciente búsqueda, controla el ímpetu de los sentidos, doméñalos a lo que tu conciencia dicte. Lo que ves fue glorioso, pero ahora sólo queda el rastro, sólo fragmentos, divorciados del presente, divorciados de las gentes, divorciados de la realidad. Restos orgullosos que permanecen, que son pero no comparten, que existen pero no sufren ni aman ni desean, son piedra muerta bajo Nuna. Comprende, Per. Busca y encuentra, busca y comprende. "Vamos, Per. Se nos hace tarde. ¡Apúrate! Mur Ragoli ya debe estar impaciente".

 

Atardece. Hermoso juego de rojos que tiñe las nubes y la meseta. La luz en su agonía es más hermosa que durante su madurez. Tengo ansias de correr, lanzarme en pos de la luz, seguirla hasta el confín del firmamento. Despegar desde la meseta y acariciar los mares con la punta de mis dedos, desentrañar su vida subyacente, seguir el río de luz hasta su origen y volverme en el último instante, como tributo a mi vista, y contemplar el vasto mundo que se extiende bajo mí. Tanta lentitud me comprime, despacio, un paso tras otro sobre el suelo maravillado de tantos de eones de vida sobre él. Paso a paso, mientras la meseta me invita a correr como un loco, dando vueltas hasta el cansancio. Correr para obligar al viento a arreciar sus caricias sobre mi piel, correr para sentir el movimiento del planeta. Correr, correr, correr. "Sí, Maestro. Voy. Rápido, más rápido".

 

-¿Vienes a robar más oro?

 

-Hablo contigo, viejo de mierda. ¿Qué pasa, no tienes lengua?

 

El goterón de saliva espesa cae cerca de mis pies. "Calma, Per". No veo al bruto, pero presiento a tres animales. Oigo sus risas cómplices y calculo con aprensión los cien metros que aún faltan hasta las escalinatas, cien metros que lentamente se confunden con el vozarrón grotesco.

 

-Maldita sea, detente. ¿A dónde crees que vas? ¡Nadie me deja hablando solo!

 

Tanta mediocridad en mi camino me abruma; intento ver mejor el color de las losas, sus grietas decadentes, su moho degradador...

 

-No lo había oído.

 

...los pequeños animalitos que recorren las ranuras entre losas, que entran y salen, que viven y mueren en la total inconsciencia, igual que hoy, que ayer, que hace un año, diez años, un siglo...

 

-No me habías oído. ¡Ja! No me habías oído, ¡y supongo que quieres que te repita la pregunta? Maldito, viejo.

 

Coro de risas vulgares. "Hacia la escalinata, Per. No te quedes, no te vuelvas. ¡Rápido!"

 

-No es necesario, señor.

 

-¡No es necesario! Je je. ¡Entonces dime cómo es que no me habías oído?

 

El tono de su voz ha cambiado, me relajo levemente. Violencia y temor. Violencia y arrogancia. Siento sus fétidas palabras y un dedo torpe que me empuja el hombro, empuja y golpea, con el odio y el temor inoculando fuerza en su iniciativa. Procuro no mirarlo a los ojos, le regalo más opio a su miserable vida. Siento otros dos pares de ojos cómplices, divertidos en la broma cuel. Buen circo.

 

-Sólo herramientas, señor. Sólo busco herramientas para mi trabajo.

 

-¡Mientes, viejo del carajo! Sólo buscas oro, como todos lo de tu clase. ¡Beroño!

 

-Sí, oro, eso es. Sólo vienen a robar...

 

-Oro, sólo oro...

 

Otro cambio de tono, situación difícil; el guardia está cada vez más lejos, física y mentalmente. No va a amargar su día por un beroño que viene a robar su oro... Como siempre la solución está en mis manos, no en la justicia de los herederos de la inmundicia. Solo lo primordial pervive en este monumento al recuerdo... El libreto se desarrolla según la inevitabilidad de la conducta social, siempre igual.

 

-No, robar no. Sólo herramientas...

 

¡Crac! El golpe esperado no es por eso menos doloroso. Sus bastos nudillos se incrustan en mi blanda carne, siento el remezón de mi cabeza, doy un par de pasos hacia atrás, caóticos y desesperados, pierdo el equilibrio y tengo que apoyarme con la mano derecha en el suelo. El salobre sabor vital impregna mi lengua, más no nubla mi entendimiento. Sonrío para mis adentros con amargura y emito un quejido lastimero, digno de un pobre ser en mi situación... El circo ya es patente y una respetable cantidad de curiosos nos rodea, entre aspavientos y sonrisas.

 

-No, señor, no busco oro... ¿Cómo? ¿con estas ropas?

 

Le muestro mi capa raída, que mi mano venosa intenta futilmente alisar, mi chaleco de lana hirsuta, manchado de sangre. Patético cuadro que complemento con un pequeño toque de insinuación y una estudiada expresión lastimera. Con disimulada humildad veo un albor de sonrisa en su comisura deforme...

 

-No, señor, no puedo ni comprar una onza de... !Nooooooo!

 

-¡Corra, Maestro!

 

Descuidé a Per. Tenía mucha confianza en mi capacidad y lo traicioné dejándolo solo a merced de su inexperiencia. No lo ví sino hasta que fue demasiado tarde. Un quijotesco púber de cuarenta kilos que impacta como un proyectil en el abdomen deforme de la bestia salvaje.

 

"Corra, corra". Dios, está sangrando. Maldito... Todo sucede tan rápido, me lanzo sobre el gigante y siento el impacto hasta en los huesos. Mi cabeza se aplasta contra un costado de su pecho y salta hacia atrás. Veo el cielo cubierto de nubes trazar un arco encima de mí, y una garra dolorosa incrustarse en mi hombro izquierdo. Grito de dolor. Aquel hombre gigantesco me aferra el hueso con ira y una bruma espectral vela sus ojos exorbitados, su boca espumeante, su sudor oleoso... Lanzo un manotón desesperado sobre el rostro animal y le rasguño la mejilla.

 

-¡Maldita sabandija!

 

Per se debate inútilmente, lo exaspera, lo reta, lo invita a su inmolación. "¡Per, muchacho!" Veo la daga curva que surge en la enorme mano izquierda; el sórdido juego está a punto de llegar a su fin. Me incorporó con rapidez, el tiempo de la palabra ha terminado...

 

Un empujón violento me arroja contra el suelo. Mi Maestro se incrusta literalmente en el corpachón del gigante; me incorporó a medias apoyado en un codo, mi cabeza da vueltas. Oigo el metal de un arma rebotar en el suelo y los gritos iracundos de los otros dos camorreros que se abalanzan a socorrer a su compañero que aún se encuentra abrazado a mi Maestro. La gente comienza a retroceder sin dejar de mirar el espectáculo, se oyen unos gritos ¿histeria? ¿placer? Mi Maestro se revuelve contra su adversario, lo arroja lejos de si y salta hacia atrás, separándose de éste. Está cubierto de sangre. El gigante apenas emite un eructo, un hipo entrecortado; dos profundos boquetes manan sangre en su pecho, cae de rodillas y se desploma, inerte. El tiempo no da tregua, mi Maestro es arrollado por la carga caótica de uno de los dos hombres restantes y ambos caen al suelo. El grito animal de uno y el silencio inmutable del otro se funden en un corto instante. Un rápido movimiento del brazo cercena el grito bestial. Con dificultad mi Maestro arroja el cuerpo a un lado e intenta levantarse, pero el fierro del último facineroso hiende el pecho indefenso...

 

-¡Nooooo, Maestro!- me levantó tambaleante, debo salvarle...

 

-Te gusta, viejo mal nacido. Muere, animal...

 

Dios, no soy tan rápido como antes. Le voy a fallar a Per. Oh, no, ahí viene, lo va a matar. Fuerza, eso es lo que necesito. Fuerza.

 

No se como sucedio. Mi Maestro levantó una pierna, o así me pareció, con súbita rapidez y violencia. El abdomen del bárbaro estalló en pedazos y cubrió de vísceras y sangre las losas de alrededor y a mi Maestro. Aquel hombre apenas emitió un sordo quejido y se derrumbó, en su caída golpeó la espada y ésta se enterró más en el pecho de mi Maestro, escuché el chirriar del metal contra la losa. Me acerqué hasta él, la gente no sabía que hacer, lentamente comenzaba a aproximarse.

 

"Vete, Per. Obedece. No te preocupes. Estoy muerto y se cuidar muy bien de mí". "Maestro, lo siento. No debí volver". "No ha pasado nada, vete. Huye y salva mi vida".

 

No se más nada, creo que recuerdo mi loca carrera de regreso hasta la cabina. No se si llegué de día o de noche, si alguna vez estuve sobre las losas de la meseta. Jamás me enteraré de como ocurrió todo, si fue realidad o sueño. Si yo soy Per, o soy mi Maestro. Aquel hombre muerto, anciano sabio, que todavía vaga por los corredores de mi mente. Soy Per Laserto. Soy mi Maestro, soy Pa Lemno.

 

(21-10-1997)