Crónicas de Oxerai V

El Segundo Obelisco

 

por William Trabacilo

 

Leb dispuso lo necesario para viajar a la Bahía Norte de Era Diba. Circen no estaba muy dispuesta a acompañarlo, pero Lortad la convenció arguyendo que "si el mago tiene razón, haremos de Oxerai el centro del mundo".

 

Se armó e instaló el mecanismo ideado por el Mago. Un sistema de poleas y resistentes amarres sujetaba al obelisco y se articulaba a una gran rueda con cuatro asas en cuadratura, la cual giraría gracias al esfuerzo de braceros y algunos dijaros, elevando el obelisco.

 

"Es absurdo; no funcionará", advirtió Lortad. "Harían falta doscientos braceros para izar el obelisco". Leb desestimó lo planteado por el vicegobernador, argumentando que había hecho los cálculos pertinentes, y sólo cuarenta braceros se necesitarían para realizar holgadamente la labor, ayudados por ocho dijaros.

 

Y comenzó el trabajo. Diez braceros en cada asa de la rueda empujarían rítmicamente. Cada cierto tanto se colocarían soportes a la rueda para evitar que el peso del obelisco la devolviese. Comenzaron a empujar. Los amarres se tensaron. Más, un poco más... el rítmico empuje se transmitía de la rueda a los amarres, las poleas, el obelisco... De repente, los braceros salieron impulsados hacia adelante; unos cayeron, y otros lograron a duras penas sostener el equilibrio. De inmediato se pensó que los amarres se habían roto; pero un rápido vistazo confirmó que se mantenían tensos.

 

La respuesta más sensata era que el obelisco estaba inicialmente atorado, y al soltarse, la inercia produjo el efecto de impulso. Pero lo que sorprendió a todos fue que el obelisco era extrañamente liviano. Quedaron sólo los dijaros, y al poco tiempo un chorreante y verdoso obelisco se erguía hacia el cielo de Oxerai.

 

"Como el dedo de un Señor Antiguo, apuntando a nuestro destino", se dejó llevar Lortad.

 

Ansiosamente, Leb corrió a verificar que... "¡Sí! Allí está el emblema... ¡Tenemos que limpiar el obelisco".

 

Circen observó el singular monumento, y a los dos personajes que parecían hipnotizados por el mismo, y reaccionó con displicencia. "Ya tenemos dos obeliscos; Y ahora, ¿Qué?"

 

Esa noche, Leb fue a inspeccionar el obelisco. Realmente le obsesionaba. Estudiaba el estado de la piedra, el emblema...

 

Entonces vio la cuarteadura en el emblema, como si el mismo fuese una especie de tapa. Leb sacó su daga, haciendo palanca sobre la pequeña raja. Con cuidado, con mucho cuidado, fue cediendo, hasta que cayó. Reveló un pequeño compartimiento, contentivo de un tambor metálico que había resistido valientemente los embates del agua marina y sus habitantes.

 

El tambor contenía un disco dorado, con pequeñas muescas en el borde. Se veían nítidamente grabados el emblema, y una inscripción en un idioma antiguo: "Centro Kiedi", descifró Leb. También había una piedra de color negro, semejante a las piedras de memoria, sólo que también tenía el emblema grabado; era un hermoso trabajo de joyería, y Leb consideró que ningún orfebre podría lograr tal exquisitez: "Esto tiene que ser obra de los mismísimos Señores Antiguos", pensó.

 

(09-11-1996)