Crónicas de Oxerai VII

 

por William Trabacilo

 

Como siempre, ahora Leb tenía más preguntas. Si el disco en cuestión era una llave, ¿dónde estaba la cerradura? ¿dónde estaba la correspondiente puerta?

 

Estas eran preguntas para meditar. Leb pensó que lo mejor era descansar un poco. Salió de su taller, recorriendo sin prisa las calles que le separaban de su casa. Lástima no poder comentar este hallazgo con su esposa. La lentitud de los logros, y la negativa reacción que generaba esto en los profanos, habían enseñado a Leb a no precipitarse en dar nuevas noticias. Al llegar a su casa, notó que algunos sirvientes lo observaban extrañados. Luego fue él quien se extrañó al ver a dos criados apostados a la entrada de su habitación, como quienes esperan órdenes.

 

Se acercó. Los sirvientes que flanqueaban la puerta se miraron con aprensión. Leb notó esto; algo le alertó que no sería agradable lo que iba a encontrar. Sin embargo entró.

 

Leb recordó relatos eróticos que leyó en su juventud; algunos vulgares, otros sublimes. También recordó a las jóvenes criadas con las que solía aliviar la tensión adolescente, a cambio de una breve compensación. Y le asombró ver a Qircen, la orgullosa gobernadora de Oxerai, recreando esos relatos, esos recuerdos, en compañía de Lortad. No era ajeno a la idea del adulterio, pero nunca pensó que lo constataría personalmente. Abandonó el recinto antes de ser visto, y se alejó de nuevo, seguido de las socarronas miradas de la servidumbre, a la pequeña construcción que le servía de taller.

 

Ahora las circunstancias planteaban un dilema. Leb podía actuar legalmente: los adúlteros podían ser juzgados, y de ser encontrados culpables, ejecutados. Pero la subsecuente acefalia de poder no era en absoluto conveniente. Adúltera o no, no abundaba en el archipiélago quien tuviera la habilidad y fuerza de carácter de Qircen Klit. No convenían los problemas que traería una eventual acefalia de poder. Por otra parte, Leb mismo vería menoscabado su respeto en el achipiélago si todo ese asunto se ventilaba públicamente. Ya no tendría paz. Fue entonces cuando concibió su idea.

 

Se hizo con un bolso de viaje. Recogió en el mismo diferentes objetos de interés: libros, la colección de piedras de memoria, el disco. Hizo una concienzuda evaluación de cada objeto antes de decidir si lo guardaba o no en el bolso. Luego despidió a la escasa servidumbre que le asistía en el taller: les confiaba imaginarios encargos a diferentes sitios.

 

Entonces tomó un objeto peligroso: una esfera de fuego. Sus dos hemisferios se acoplaban, girando uno sobre el otro. Leb los giró. La esfera comenzó a cambiar de su color negro original, haciéndose paulatinamente más clara. Leb la colocó en su mesa de trabajo.

 

La esfera estaba de color gris plomo.

 

Leb echó un último vistazo al bolso, verificando que todo los objetos que consideraba relevantes estuvieran en él. No habría oportunidad de corregir ninguna omisión. Dado por satisfecho, cerró el bolso.

 

La esfera estaba de color gris plata.

 

A través de la ventana, Leb vio a lo lejos su casa, la casa de su esposa. Una extraña desazón le invadió. Posiblemente todavía amase a Qircen, y la infidelidad le doliese. Eso no importaba ya.

 

La esfera se había vuelto blanca.

 

Muchos habitantes de Oxerai, Leb incluido, habían oido de las formas violentas del fuego, pero realmente nunca habían visto una explosión. Y la que destruyó el taller de Sacqo Leb Terba fue realmente violenta. No quedó objeto reconocible; sólo un montón de carbón y piedras renegridas. Se comentó sobre objetos caídos y ventanas rotas en los pocos edificios de los alrededores.

 

No se pudo encontrar ningún cuerpo.

 

(15-01-1998)

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