Verde

 

por Jorge De Abreu

 

Siempre me sentaba en el mismo sitio a observar la extensión verde que yacía abajo, a lo largo del todo que estaba a los pies del mundo. Era una fascinación congénita, pues no recuerdo día de mi vida cuando mi alma no se sintiera arrastrada por aquellos verdes variados, oscuros, húmedos, luminosos, agitados, uniformes, abruptos... Todas las tardes, al regreso de la faena, subía la cuesta y atisbaba el horizonte verde, agonizante. En el fondo, interrumpido de cuando en cuando por un ulular quejumbroso y apagado, latía el verde misterio, aquel que pescaba mi voluntad con su cordel de secretos. Inmóvil en su enormidad, ese verde estaba pleno de pequeños movimientos, imperceptibles para el ojo pero no para el instinto, sensación afinada por la paciente espera de años en la cuesta, todas las tardes, después del sudor, del cansancio, del adormilado temblor del músculo agotado. Todas las tardes de todos los días, luego del corto ascenso por la cuesta con la inminente avalancha de verde lejano que jamás faltaba a la cita. Me sentaba sobre una roca, una roca gris de vetas azuladas, pulida por el tiempo y mis calzones, todos los días.

 

Era extraño, aunque el gran lago vegetal era siempre el mismo, jamás me pareció igual el de un día con el verde del día siguiente. La luz dorada lo matizaba en tonos caprichosos, la lluvia lo henchía de brillo irisado y mi mente lo desmenuzaba en un millón de piezas verdes que intercambiaba entre sí, aquí cerca, allá en el horizonte, a mi izquierda, en aquella oquedad... El gran mosaico verde siempre era nuevo a mis ojos, vital y palpitante. Rara vez veía el cielo, o el suelo tan grotescamente cercano en el que reposaba. Pasaba esas preciadas horas finales de la tarde consumiendo aquel verdor primario, embebido en su profundidad.

 

No era difícil perderse en la mancha vegetal, hundir la vista y el pensamiento en aquel océano de clorofila. No importaba el cansancio corporal, no importaba el tirón de los músculos adoloridos, sólo estaba una mente absorbida en la vegetación. Pronto el cuerpo cesaba de existir sobre una roca y era sólo unos ojos que buscaban, que palpaban la vida que bullía en aquella bestia paciente, milenaria, sempiterna. Antigua e inmensa vegetación que se extendía hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados y, especialmente, hacia adentro de mí, penetrándome y llenando cada una de mis células del olor húmedo del bosque universo.

 

Quieto yacía recostado contra las piedras, pedruscos que hace tiempo decantaron toda su energía y reposaban estáticos bajo mi piel. Yacía quieto, con el calor del sol dentro de mi carne, irradiando sus últimas luces en la muerte del día. Y ese verde que mutaba de color, cambiante, oscureciendo el día y llamando a la noche, me susurraba su sosiego.

 

Me hablaba en silencio de selva de los ramajes henchidos de agua, de los seres que se arrastraban por sus raíces, de los vientos atrapados en sus hojas, de los ojos que me observaban y que yo no veía, de esos ojos que parpadeaban atónitos de vida, en milisegundos de milagro entrópico. Me decía sus verdades ancestrales, primordiales, inasibles y eternas. Y yo escuchaba hasta que el cielo y el verde se confundían en un frío manto de oscuridad, donde el verde dormitaba hasta el nuevo día. Entonces me levantaba, descansado y contento, pero sobre todo hambriento. Sacudía el sudor de mis calzones y emprendía el camino de regreso a casa.

 

(13-03-2000)